Hace unos días se celebró en Madrid la llamada Jornada Mundial de la Juventud, difuso y ambiguo nombre bajo el cual se convoca cada dos o tres años en una ciudad distinta a la muchachada católica de toda latitud, con misas multitudinarias, cánticos y actos diversos, presidiendo el encuentro el Papa y con carácter de asunto de Estado con todas las de la Ley: contundente despliegue de fuerzas de seguridad del Estado por las calles, reuniones con la familia real, encuentro privado con el jefe de la oposición en el Gobierno, noticia de primera plana en muchos medios y telediarios (empezando por el de Antena 3, por supuesto, donde los presentadores lucían una permanente sonrisa bobalicona cuando informaban de ello)…
Tan magno eventó se lo inventó por lo visto Pablo VI en 1975, y durante estos días me venía yo preguntando una cosa que en principio puede parecer una chorrada, pero a mí no me dejaba dormir: ¿por qué por definicion la Iglesia excluye a los no-jóvenes para acudir a tamaña orgía del fervor religioso? ¿Es una especie de paralelismo con los festivales de música veraniegos, principalmente representados en su público por jóvenes?
¿Es que dan por hecho que el viaje de cientos, en algunos casos miles de km. que se han de pegar los fieles para acudir a la sede rotatoria de turno -se veían muchísimos brasileños, por ejemplo- sólo van a estar en disposición de hacerlo los jóvenes, y no los “viejos achacosos”?
¿Es una manera indirecta de decir que los jóvenes son más vulnerables a la influencia psicológica, y por tanto blancos más fáciles para dejarse comer la cabeza con ideas religiosas?
¿Es que la Iglesia también ha sucumbido al ideal obsesivo de la eterna juventud, aunque su máxima autoridad tenga que ser siembre un septuagenario?
“Que no, que no, es que los jóvenes son el futuro”. Ah, claro, es que según los estudios sociológicos de los últimos años, la juventud cada vez está menos interesada en la vida religiosa, tanto de clausura (vocación a tiempo completo), como de simple adscripción moral (bueno no sólo moral: para las arcas de la Iglesia no es bueno que la gente sea ‘creyente, pero no practicante’).
A ver si con un poco de suerte dentro de algunas décadas el interés de tal preciada juventud por la Iglesia es cercano a cero. Aunque por otro lado no deja de tener su lado divertido ver a cientos de miles de fanáticos de Su Santidad (la de ellos) eufóricos, durmiendo casi nada, soportando calores de agosto en plena calle y que parecen estar metidos con la droga de la fe.

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