¡Gorrillas!

Sí, con exclamación. Son los actores protagonistas de una situación que, cuando la tengo que afrontar, me crea un sentimiento que va desde la incomodidad hasta la exasperación, pasando por el remordimiento.

¿Cuál es la verdadera razón de ser de los gorrillas? (esto también es aplicable para los de uniforme, aunque te den tiquet y aparentemente ofrezcan más sensación de institucionalidad).

1) Explotar una zona de aparcamiento que una empresa ha construido o de la que  ha sido concesionaria de obra pública? Obviamente, NO. Se trata de unos ingresos obtenidos sin ser o representar a propietarios de ningún tipo de emplazamiento.

2) ¿Ayudar al conductor a encontrar aparcamiento? En principio, no. Si pasa por una callejuela en la que a 20 metros hay un sitio libre, quizá no lo vaya a advertir en el momento, pero sí cuando pase por el lado. Podría darse el caso de que gracias al gorrilla encontrase un sitio que de otra forma dejaría escapar si antes de llegar a él optara por desviarse en otra calle que cruzara, pero me parece una posibilidad minoritaria.

3) ¿Ayudar a aparcar? No. Bien es verdad que hay veces en que nos viene bien un cable, pero desde luego no por sistema.

4) Proteger la integridad del coche propiedad del “usuario del servicio” mientras éste está ausente? Esto sería un buen chiste. Puede que, si alguien tiene la tentación de rayar un coche o pinchar una rueda se vea disuadido de sus nobles propósitos si hay una persona por allí medio “vigilando “, pero es que:

4.1.- Normalmente el gorrilla se pira cuando está la zona llena de coches

4.2.- Si es a plena luz del día y/o con movimiento transeúnte por la calle, la posibilidad de que eso ocurra es más remota aún.

4.3.- Si, a pesar de todo, los desalmados persisten en su intento de hacer algún estropicio (o directamente son cacos que se disponen a chorizar algún objeto del coche), no me veo yo al gorrilla haciendo de héroe para proteger nuestro vehículo por el módico precio de un euro.


Hace algunos meses me enteré por un informativo de que iban a prohibir legalmente este tema (supongo que se referían a los gorras típicos y no a los del uniformito), y concretamente proyectaron unas imágenes de no recuerdo cuál barrio de Sevilla (en cuya provincia vivo). Parece ser que los vecinos estaban hartos, tiene que ser un fastidio estar lidiando con estos especímenes cuando vas a dejar el coche para irte a casa. Me resultó bastante esperazadora la noticia pero lamentablemente, a día de hoy, yo sigo viendo gorrillas de todo pelaje cuando aparco por ahí.

En mi caso siempre trato de evitarlos, lo cual me supone dejar pasar no pocas oportunidades de aparcamiento a no ser que sean horas un tanto intempestivas. Pero el otro día tenía prisa y, tras un ratito buscando sitio, avancé en dirección al gorrilla aspaventero (más bien en la direción que hubiera tomado de todos modos), resignándome a ocupar la plaza que me indicaba, pues si no encontraba una pronto tendría que dar un rodeo importante y probablemente perderme una actuación de teatro programada con unas amigas. No es que fuera un espacio para el coche demasiado sobrado y además tenía que aparcar por la izquierda, que al menos para mí es algo más dificultoso, pero aún así podía hacerlo sola perfectamente y era evidente. El hombre, cómo no, se puso a hacer toda la suerte de indicaciones de rigor; yo ni le miraba, pero en un momento dado me indignó tanto que obviara mi omiso caso de sus gestos -como legitimando su labor  y las monedas que recibiría luego- que le dirigí una mirada bufando que hizo que se replanteara la situación y se alejara unos metros. Aunque no del todo; se quedó algo achantado pero a la expectativa.
Al salir me acerqué a él y le dije “no necesito indicaciones para aparcar: SÉ APARCAR”, y un poco avergonzado dijo que lo sentía. A continuación le di la calderilla que llevara en el monedero, que no llegaba ni a 25 céntimos, disculpándome por no disponer de más, a lo que contestó que no importaba. Es un poco ridículo darle explicaciones a un gorrilla, y más en una situación de mosqueo como esa, pero no es tan fácil saltarse la convención social de darles dinero una vez que te han “apañado” un sitio. Da mal rollo irse sin soltar nada: aparte de la desconfianza que pueda producir el hecho de enfrentarte a una posible “venganza” por pasar de él y que a la vuelta el coche tenga algún regalito, que en mi caso no es mucha, alguna vez me he enfrentado a alguno por no darme la gana de pasar por el aro (y era de los de uniforme y tiquet). El tener que aguantar que encima se pongan chulos reclamando algo que a todas luces no les pertenece -aunque en sus tiquecitos creo que se especifica que es un pago voluntario- me exaspera aún más.
Volviendo al caso de “mi” gorrilla: por el acento deduje que su procedencia sería Rumania o algo similar, y me sentí culpable por haber estado tan borde. Sí, ya sé nadie que se dedique al ‘gorrilleo’ debe de tener una situación vital muy favorable (hablo de yonquis básicamente), pero digamos que a un inmigrante extranjero le supongo una importante dificultad añadida por el hecho de tener que haber dejado lejos su lugar de origen y tratar de adaptarse al nuevo entorno, sumándose para colmo la barrera idiomática que en muchos casos conlleva (algún día, por cierto, hablaré de lo mucho que admiro a los inmigrantes no iberoamericanos que aprenden tan rápido a manejarse con el español, sin aparente instrucción formal detrás).

Y alguien podría preguntarse: ¿merece la pena tanta complicación por medio, un euro? Probablemente no. Pero supongo que es más bien una cuestión de principios, de no querer resignarme ante el abuso que, sin entrar a valorar las dramáticas (o no) situaciones que hay detrás de estas personas, supone el hecho de tener que pagar por un servicio que ni has pedido, ni es legítimo cobrar, ni de hecho es siquiera un servicio. Se puede interpretar el abono como una especie de forma de solidaridad, pero, ¡ay! cada uno elige su manera de ser -o no- solidario, no es de recibo ni legal que te la impongan por cojones, o mediante soterrada imposición vestida de voluntariedad, que es peor. A los músicos callejeros que suelen actuar en Sierpes, por poner un ejemplo (musicazos que intuyo provienen de Europa del Este) sí que me suele apetecer dejarles algo cuando paso. O a veces a los muchachos negros que se ponen en los semáforos, sin cogerle los pañuelos. Pero no a un individuo que tácitamente me obliga a pagarle por aparcar mi coche en un sitio que le pertenece tanto como a mí (o quizá incluso menos, pero no quiero parecer xenófoba). Dejando aparte de el hecho de que no siempre tienes cambio, y no siempre tienes mucho dinero, situación con la que me identifico bastante.

En cualquier caso, todo esto me sirve como desahogo y quizás de ahora en adelante tienda a transigir un poco más con la “situación gorrilla”. Una situación cuyos planteamientos de partida hacen aguas por todos lados, pero con la que tampoco quiero sostener tanto dilema indefinidamente.

Por cierto, algún día disertaré también sobre la ¿necesidad? de tener carné de conducir y coche, a partir, entre otras cosas, de una entrada de blog de Nacho Chaparro que contenta me tiene.

¿Retorno del marquismo?

Cuando yo era pequeña, se solía emplear este término para denominar la tendencia a llevar o anhelar llevar determinadas prendas de ropa y calzado un un tanto cotizadas. Básicamente vaqueros Levi’s; deportivas Nike, Reebok o Adidas. El colegio o el instituto eran el marco perfecto donde cohabitaban las diferentes clases de individuos atendiendo a si seguían esta moda, no la seguían porque no podían (¿wannabes?) o simplemente pasaban de ello. Y el correspondiente abanico de posibilidades entre una opción y otra, que tampoco es cuestión de reducir tanto.

Una vez superadas estas tempranas edades en las que muchas veces es difícil dirimir según criterios realmente prácticos qué es lo que más nos conviene, podríamos establecer un debate sobre si compensa o no usar marcas conocidas, tradicionales y “cotizadas”. Debate que, por una parte, no supone ninguna novedad, y por otra podría medio zanjarse con la premisa “depende de”. Depende del género del producto, depende de la marca en cuestión, depende del uso que vaya a dársele…

Pero el tema del que pretendía ocuparme esta vez no son las marcas de textil y complementos -en realidad lo anterior era una excusa para contar alguna batallita-, sino las de otra industria de primera necesidad (o al menos más que la anterior): la alimentaria. Desde hace algún tiempo hemos venido observando algunas campañas publicitarias, muchas veces cofinanciadas por cadenas de TV privadas, donde se nos apela a la “necesidad” de consumir productos de primeras marcas como garantía de, digamos, bienestar y confianza. Aunque no mencionan directamente a las “marcas blancas”, lo cierto es que el mensaje presenta una clara contraposición a ellas, llegando incluso un anuncio (de Cuatro) a representar las marcas conocidas como círculos de colores (con toda la simbología positiva que ello representa: alegría, distinción, darle color a la vida…), y a las genéricas como círculos blancos (insípidos, asépticos, uniformadores…). Este tipo de anuncios no sólo se circunscriben al medio televisivo: he visto algunas publicaciones (revistas, periódicos) con algunas inclusiones de los mismos. A veces algo encubiertas, como la de aquél diario (creo recordar que El País) que, con cupones de suscripción y el correspondiente pago reducido, proporcionaría una especie de cesta de la compra con marcas líderes, en vez de la videocámara, bicicleta plegable, impresora multifunción y demás aparatos electrónicos que suele ofertar.

Según Wikipedia, las marcas blancas empezaron llamarse así por el diseño neutral y básico, de sus envases, haciendo referencia directa a un producto básico que eliminaba costes superfluos

Según Wikipedia, las marcas genéricas empezaron llamándose "blancas" por el diseño neutral y aséptico de sus envases, haciendo referencia directa a un producto básico que supuestamente eliminaba costes superfluos

El fenómeno de las marcas genéricas data de hace varias décadas -según Wikipedia de 1975- y, como todos más o menos sabemos, se trata de productos fabricados directamente para comercializarse en grandes superficies como hipermercados, a veces como segunda línea de una empresa líder, a veces por una empresa o fábrica desconocidas para el gran público, pero con una característica común esencial: el abaratamiento de costes en publicidad, que se traduce en un abaratamiento del producto final. Precisamente ahí radica la principal crítica que reciben este tipo de marcas: abaratar costes… ¿a costa de qué? ¿de reducir la calidad del producto? ¿de ahorrarse tiempo, esfuerzo y dinero en I+D (+I)? Porque una cosa que también habremos constatado es que uno de los grandes varapalos que estas marcas suponen para las empresas conocidas del sector es que suelen “copiar” los productos. Panecillos de maíz, cereales de chocolate, congelados, leches con Omega 3 y extra de calcio, etc.

Entonces, el dilema tendría que afrontarse desde dos perspectivas: si sale a cuenta consumir marcas blancas, y si es lícito hacerlo. pero, ¡ay!, a fin de cuentas nosotros somos “pobres” consumidores que donde primero vamos a ponernos es en nuestra piel, y no en la de las corporaciones alimentarias. Si nos ponemos a rascar, ellas son las que se encargan de promover la ingesta de leche (cuando hay muchos más alimentos con calcio y somos de hecho la única especie que la consume después del destete), Omegas 3 y 6 (presentes de manera natural en muchos pescados y semillas), o productos hiper calóricos (como los embutidos o la bollería industrial) y productos “dietéticos” para compensar tanta acumulación de kilocalorías.

Por otra parte hay tipos muy diferentes de marcas genéricas. En este sentido, creo que la cadena Mercadona ha sabido elegir muy bien a sus empresas fabricantes, tanto las conocidas como las que no lo son. Podría decir que el 90% de los productos “hacendados”, “delipluses” y “bosque verdes” -los dos últimos no son de alimentación, es verdad- son de calidad bastante satisfacoria. A su vez, Estas son marcas que introduce el propio Mercadona, pues por ejemplo bajo las pizzas o la pechuga de pavo Hacendado está detrás la prestigiosa Casa Tarradellas. Esto también introduce otro importante criterio diferenciador entre unas marcas “líderes” y otras: las que mantienen su estilo de producción tradicional, haciendo incluso un estandarte de su rehúso a fabricar productos génericos (“Kellogg’s“, “Activia“, “Pascual“, etc. “no fabrica para otras marcas”), y las que sacrifican ortodoxia o prestigio para cubrir un mayor sector de mercado. Éstas últimas, a mi entender, se lo montan mejor.

Aunque el auge de las marcas blancas (asociado a Carrefour, Alcampo, Día, Hipercor, Mercadona…) no es algo nuevo, yo creo que la impresión general de los departamentos de desarrollo y mercadotecnia de las empresas líderes en el sector de la alimentación es: en tiempos “de crisis”, la gente tiende a ahorrar aún más y nuestros productos son cada vez menos competitivos, por lo que hay que eliminar publicidad. Eso puede llegar a suponer una bajada muy significativa de ingresos de los medios audiovisuales, fundamentalmente la televisión, y de hecho Wikipedia aduce a este motivo para explicar que “repentinamente” las cadenas privadas, entre otros medios, estén realizando las comentadas campañas de apologización del consumo de las marcas conocidas. Bueno, la verdad es que para muchos esto puede resultar obvio, pero yo no habría llegado a esa conclusión tan claramente.

Desde luego, visto asi, se hace todo muy mercantilista (bueno, está claro que por principios no iba a ser), y me reafirmo en la idea de que el marquismo es muy prescindible.

El misterio del contenedor amarillo

¡Apasionante oigan!

Contenedores hay de muchas clases y formas, pero hay algo que tienen en común todos los destinados a la recepción de envases de plástico y metal (al menos los que yo he visto): el tener restringida la entrada de residuos a uno o dos orificios no demasiado grandes. La “portezuela” amplia de arriba se cierra con llave.

Parece lógico pensar que lo que se pretende es que echemos los envases uno a uno… pero es aquí donde me asaltan las dudas: ¿Y si el envase es demasiado grande como para caber por ese agujero? ¿Por qué me obligan a tirar las cosas una a una, si yo lo que llevo es una bolsa llena de ellas? ¿No comprenden que hoy en día la gran mayoría de los productos consumibles vienen envasados, y el volumen total de la basura acumulada por hogar contiene un altísimo porcentaje de residuos de plástico, latas, botes, etc? Residuos que además, normalmente al vaciarse no se pueden comprimir, ¡ocupando más espacio aún! Por cierto, aquí un enlace aclarando qué se debe y qué no echar a este contenedor, por si no estaba del todo claro http://www.rcir.es/pdf/documentos/contenedor_amarillo.pdf

En realidad esta frustración me la provoca también el contenedor verde, aunque en este caso digamos que el problema se minimiza al no ser tanta la cantidad de restos de vidrio que se acumulan a lo largo del día o de la semana. Además de que, he de admitirlo, ahora mismo no tengo cerca de casa ningún contenedor verde y mi amor por el reciclaje no me  da para desplazarme hasta alguno andando o en coche cargando con la bolsa de vidrios para tirarlos allí… No son tan frecuentes estos contenedores, al igual que los de papel.

Pues bien, hace un par de días coincidí al echar la basura con el camión que la recoge, y tuve oportunidad de exponerle al empleado -juraría que antes iban dos, pero en este caso era uno solo- mi gran dilema. Muy amablemente, me dijo que efectivamente la idea era evitar que se echaran bolsas enteras, porque si dejaban la portezuela abierta mucha gente echaba bolsas de basura “normal”, la de residuos orgánicos sobre todo, y luego en la planta de reciclaje era más complicado el separamiento de residuos de lo que ya de por sí es. De hecho el buen hombre me explicó que iban a salir unos nuevos contenedores con el orificio aún más pequeño. No tengo ninguna noticia más sobre esto, pero en los agujeros actuales muchas veces caben las bolsas siempre que no sean muy grandes y que los envases en sí no lo sean (por ejemplo, como en tu bolsa tengas varias bandejas de fruta, unos bricks y una botella grande de detergente, seguro que no cabe todo a la vez). Siempre empujando bien, claro.

Pero, digo yo… ¿Merece la pena tener un contenedor para que la gran mayoría de los residuos a cuya recogida está destinado, vayan a parar a otro que no les corresponde? Si ya de por sí mucha gente no recicla, qué pasa si encima les pones dificultades? Otra cuestión por cierto que me intriga sobre la disposición de estos cacharros, al margen de los orificios estrechos, es que sólo suele haber uno, en zonas donde incluso hay 3 o 4 de los verdes…. Teniendo en cuenta como decía antes que la mayor cantidad y espacio de basura es de envases, no tiene mucho sentido y a veces se ven los contenedores de arriba hasta las trancas mientras los otros aún no llegan ni a mitad de su nivel… ¿Solución? Echar las bolsas en los otros, claro. O dejarlas en el suelo, donde ya me explicó en otra ocasión otro amable empleado de la recogida de basura que esas bolsas van directamente a la zona de residuos orgánicos.

En definitiva, que pienso que la gestión de contenedores de envases está bastante mal planteada, y ya circulan varias iniciativas ecologistas donde se propone su eliminación, como la que recoge esta entrada de blog http://www.orbitaverde.com/contenedor-amarillo-ese-gran-desconocido-68587

…hacer que los residuos que iban al amarillo vayan al actual de “rechazo” [de residuos orgánicos]. De ahí se iría a una planta de selección de residuos, por la que pasaría la totalidad del residuo que se puede recuperar (actualmente mucha parte sigue yendo al contenedor de “rechazo” y por tanto al vertedero o a la incineradora), y se podría aumentar el objetivo de recuperación de materiales de un 40 a un 70% fácilmente. Se liberaría espacio en las calles, se liberaría de tanta responsabilidad de selección al ciudadano…

La única pega que se me ocurre es que el proceso de reciclado en planta sería más laborioso, pero creo que las autoridades deberían plantearse su viabilidad… Desde luego, lo que hay ahora no me convence en absoluto.

¿Dónde hay que firmar?

Píldora, aborto y apocalipsis

Últimamente al Gobierno le están lloviendo las críticas por sus propuestas y medidas contra los embarazos no deseados. Primero fue el Proyecto de Ley que permitiría interrumpir voluntariamente el embarazo a jóvenes de entre 16 y 18 años sin el consentimiento -y por tanto conocimiento- de sus padres, y ahora los Ministerios de Sanidad e Igualdad, a través de sus respectivas dirigentes Trinidad Jiménez y Bibiana Aído, han anunciado hace escasos días que la “píldora del día después” se podrá adquirir en farmacias sin necesidad de receta médica a partir del mes de septiembre.

Hasta ahora, una chica o mujer que por el motivo que fuere hubiera realizado prácticas sexuales con riesgo de embarazo, podía acercarse al centro de salud y su médico de cabecera le prescribiría o dispensaría la citada pastilla, que para ser efectiva ha de tomarse dentro de las 72 horas posteriores al coito. Bien es verdad que este medicamento se encuentra en el límite de los considerados “abortivos”, en el sentido de que no previene la fecundación, sino que destruye el óvulo en caso de que éste hubiera sido fecundado (ya cigoto entonces). A mí particularmente no me convence esa denominación de abortivo; me parece como jugar deliberadamente con un término muy polémico para contribuir a la demonización de la píldora (y nunca mejor dicho, porque quienes más utilizan esta casuística semántica son los portavoces eclesiásticos).

Sin embargo, al margen de consideraciones estrictamente morales, hay que tener en cuenta ciertos aspectos en torno a este fármaco. La posología total consiste en dos tomas cada doce horas durante sólo dos días, pero la bomba hormonal a que induce en el organismo de la mujer no es nada despreciable… de hecho, ha de ser lo suficientemente fuerte como para, no sólo destruir el óvulo -fecundado o no- sino también para forzar la venida de la menstruación. Esto conlleva una serie de de efectos secundarios que como es lógico vienen indicados en el prospecto de la caja, con la particularidad de que en este caso no son efectos esporádicos, que quizá sobrevengan, sino que suelen ser habituales e incluyen vómitos, náuseas, mareos e intenso dolor abdominal -aunque eso nos resulta familiar a muchas-. Con lo cual, no es una solución para recurrir a la ligera, sino sólo en caso de estricta necesidad.

Tampoco hay que olvidar en ningún momento que este método anticonceptivo no supone traba alguna contra las ETS (Enfermedades de Transmisión Sexual), y precisamente muchas voces han apuntado a que la aplicación de la nueva norma podría traducirse en un incremento de éstas a medio y largo plazo. Por su parte, el Gobierno insiste en que es una medida de urgencia y pretende seguir fomentando una sexualidad responsable, y también señala que otros países europeos que ya dieron carta blanca al medicamento en farmacias, como Reino Unido y Francia, han visto reducidos sus índices de embarazos no deseados. “De los 112.000 abortos que se realizaron en 2007 en España, más de 6000 correspondían a menores de 18 años [...] Más de 4.000 niños nacieron de madres menores y, en total, se produjeron 10.500 embarazos en jóvenes que no superaban los 18 años”, ha apuntado Jiménez. El 63% de las mujeres que han tomado alguna vez la píldora postcoital, lo hizo con menos de 24 años.

Este anticonceptivo, como ocurre con todos los demás, no está incluido dentro de las prestaciones del Plan Nacional de Salud, y depende de cada Comunidad Autónoma la subvención del mismo. Actualmente es financiado por doce Comunidades Autónomas (quedándose al margen Castilla la Mancha, la Rioja, Canarias, Valencia, Murcia y la provincia -no capital- de Madrid), lo que significa que en ellas puede obtenerse gratis con la correspondiente receta médica. Pero aquí surge otra cuestión: hay un cierto número de colegiados que se oponen a prescribirlo, por considerar que atenta contra sus principios morales (y aquí es cuando aparece con fuerza el fantasma del aborto y lo abortivo), existiendo una especie de vacío legal al respecto. Con esta medida en ciernes del Gobierno, en principio se minimizaría el problema de tener que poner al médico de cabecera -y, lo que es peor, a la embarazada que no quiere serlo- entre la espada y la pared, aunque tengo entendido que también existen farmacéuticos que se niegan a dispensar el fármaco aludiendo a los mismos principios morales. No obstante, me parece que el número es menor, y en cualquier caso el negocio es el negocio: la píldora cuesta en torno a 20 euros.

El asunto de la interrupción voluntaria del embarazo a menores sin necesidad de visto bueno por parte de sus progenitores es más complicado aún, pues ya no hablamos de un método anticonceptivo, sino de aborto en sentido estricto. Entre las críticas cosechadas por la iniciativa aún no palpable, una de las más extendidas es el hecho de que los menores de 18 años necesiten consentimiento paterno para cualquier operación quirúrgica… menos la del aborto. No obstante, el Gobierno parece decidido a seguir adelante con su Proyecto.

El debate está servido, pero de momento yo disfruto con pequeñas perlas humorísticas sobre el tema como la tira cómica del gran Manel Fontdevila (El Jueves) en su blog de Público.

manelpeqhor

Tira de Manel Fontdevila

¡Hola!

Abro este blog sin ninguna vocación temática específica -en principio-, sino para poner por esctito todo lo que me pueda rondar por la cabeza, ya sea un comentario sobre alguna noticia, “crítica” musical, reflexión de la vida cotidiana o paja mental, televisión, gramática, arte… ya iré viendo. En definitiva, lo que viene siendo un diario, pero traducido a la Red: no tan peligrosamente íntimo. Bienvenidos seáis todos los que os paséis. Saludos.